Limones. Eso es todo lo que me ha dado la vida hasta ahora. Limones, limones y más limones. Al principio,
uno trata de poner buena cara. Ah, mira, un limón, medio limón. Habrá que tomárselo. Apechuga, muerde y
calla.
Mi único don, si es que se le puede llamar así, sería el don de la observación. Creo que soy bueno en recopilar datos e interpretarlos para extraer un patrón, tal y como haría un científico experto en esta disciplina a la que llamamos vida. Hablando de vida, me he enamorado tantas veces como me lo ha permitido mi autoestima. He cicatrizado tantas veces como me lo ha permitido la piel. Un día, ese día que siempre llega, el típico listillo te cuenta que si la vida te da limones, pues que hagas limonada.
Pero cómo le cuento al naranjero que ya monté varias plantas de fabricación que exportan limonada a diecisiete países y que aun así me sobran toneladas de limones cada año. Cómo le explico que a mí lo de las naranjas me lo han contado, porque no las he visto ni en un bodegón. Y lo más importante, cómo coño le callo la boca. Por qué será que la gente que ha tenido suerte en la vida es justo la que nunca tiene problemas en alardear de sus limones. Por qué será que cuando te dicen que hay que probar muchos limones, en realidad te están invitando a desaparecer del mundo hasta que no consigas tu primera gran naranja. Y eso sí, si jamás tienes la suerte de conseguirla, más vale que te largues de este mundo bien calladito y sin molestar.
En fin. Supongo que todo este rollo de limones y naranjas no justifica que me dedique a tratar a la gente como la trato. Pero igual así entiendes el principio de tanta acidez.